Verdaderas Hijas de Jesús: Hermana Elvira Valentín Martín (1922-2012)



Nombre chino: 丁德貞

Elvira Valentín Martín nace el 12 de diciembre de 1922 en Córdoba (España). Pese a la inicial negativa de su padre, y contando siempre con el apoyo de su madre, ingresa en el noviciado de las Hijas de Jesús en Salamanca a finales de 1940. El 31 de mayo de 1941 viste el hábito religioso, y profesa dos años después en calidad de Hermana Coadjutora. La posguerra es el contexto en el que se desarrollan sus primeros años de vida religiosa en Salamanca. La escasez de alimentos y la general pobreza reinante fruto del conflicto bélico hace que las Hermanas tengan que compartir aún más si cabe los escasos recursos de primera necesidad que consiguen. La H. Elvira, junto a otras Hermanas, hace verdaderos “milagros” en la cocina para dar de comer a la numerosa comunidad y en particular a las alumnas internas. Aun pobres, nunca les faltó lo mínimo, gracias a la Providencia que se sirvió del ingenio de la Rvdma. Madre Magdalena Inibarren, Superiora general, que se desvivió para que a sus hijas no les faltara lo mínimo. Precisamente la M. Magdalena pensó en la H. Elvira para formar parte del grupo de Hijas de Jesús que la acompañarían a su viaje a China para integrarse en las diversas comunidades allí fundadas desde 1931. No había podido realizar la visita anteriormente debido a la Guerra Civil Española y luego a la II Guerra Mundial. Calmado el panorama, es en septiembre de 1947 cuando parte de España rumbo a China, acompañada de su secretaria M. Hilaria Aramendía, y un grupo de religiosas entre las que figura la H. Elvira.

Misionera Hijas de Jesús en China (1947-1953)

En octubre de 1947 pisan suelo chino y tras visitar Pekín y Tianjin, llegan en febrero de 1948 a Anking. Esta misión será su nuevo hogar, al que también son destinadas las HH. Carmen Palencia y Piedad Herranz. La Madre General regresa a España, y allí queda la H. Elvira cumpliendo un sueño de su niñez: ser misionera. Y precisamente con los niños del orfanato que las Hijas de Jesús abrieron en 1940 realizará su apostolado. Su espíritu trabajador se multiplicará en la querida misión de Anking: junto a labores propias de su vocación en la casa de comunidad, el cuidado de medio centenar de niños abandonados ocupará la mayor parte de su tiempo, sin faltar a sus deberes religiosos de comunidad. La mayor parte de los infantes abandonados son niñas, por el mero hecho de serlo, y algunos niños con discapacidad mental y física. Al principio la H. Elvira no conoce el mandarín, pero con los niños no hace falta, se comunica a través de gestos, y en particular de la mirada y la sonrisa. Tiene 25 años, y aunque a las otras Hermanas los niños las llaman “mamá”, quizá por su juventud y cercanía a la H. Elvira la refieren con el término chino que significa “hermana mayor”.

Hijas de Jesús en recreación en la misión de Anking (China)

Los comunistas que iban avanzando por toda China sembrando el terror entre la población bajo amenaza de muerte, tomaron Anking en mayo de 1951. Para mayor información ver el artículo “La fundación de las Hijas de Jesús en China (1931-1953)”. El 18 de noviembre de 1951 todas las Hijas de Jesús son expulsadas de Anking. La H. Elvira no está dispuesta a marchar dejando a sus niños en el desamparo. Por eso ha ido colocando a todos y cada uno de ellos en hogares de familias chinas evangelizadas por las misioneras desde su llegada. Los niños deficientes son su gran preocupación. Sabe que buscarles una familia es difícil. Lo difícil es que a pesar de que son acogidos, las familias no se deshagan de ellos tras la marcha de las misioneras. Confía en que la conversión de aquellas familias haya sido auténtica, y no puede hacer otra cosa que encomendar la situación al Señor.

Las Madres de Anking llegan a Sanghai y la mayoría parte para Manila (Filipinas). La H. Elvira se queda en Sanghai junto a la Madre Ignacia Munita y otras HH. expulsadas de Pekín en septiembre de 1951. En Sanghai resiste el último núcleo de Hijas de Jesús en China, y allí atienden como pueden la casa de acogida para obreras que fundaron en la ciudad portuaria e industrial. La calma dura poco... La Madre Ignacia Munita es arrestada y expulsada del país el 28 de agosto de 1953. El 31 de agosto son expulsadas el resto (MM. Berta Bracher, Rosa Cancelo, Teófila Fresneda y H. Elvira). Desde el barco que las conducirá a Hong Kong la H. Elvira ve por última vez la China continental, y no puede evitar derramar lágrimas por sus niños queridos de Anking. Nuevos horizontes se abren a medida que el buque se aleja del puerto...

En Taiwán encontró su hogar (1953-2012)

La Madre Ignacia Munita y compañeras aguardan en Hong Kong un mes hasta que llega el permiso de la Rvdma. Madre Soledad Larrañaga para fundar en Taiwán (República de China). Llegado el permiso, las Madres desembarcan en el puerto de Keelung el 2 de octubre de 1953. El 4 de octubre llegan a Chutung, lugar de la fundación. Allí permanecerá la H. Elvira hasta agosto de 1954 en que formará parte de las fundadoras de la casa de Taipei, junto a las MM. Ángeles de Dios y Benita Chen. La comunidad de Taipei se dedica a la catequesis de la parroquia de los Jesuitas, la pastoral penitenciaria en la cárcel de mujeres, la visita casa por casa a familias... Mientras las Madres dan clases de español a universitarias, la H. Elvira se afana por tenerlo todo preparado en casa para cuando lleguen las Madres agotadas por el trabajo del día; y es que para poder sostener la comunidad algunas daban clases en horario nocturno, y también formación cristiana de noche para obreras y sirvientas a las que les era imposible acudir de día.

La H. Elvira (centro) con estudiantes de la residencia de Taipei

Dado que no había visos de abrir colegio, se piensa en fundar una residencia universitaria. El 7 de diciembre de 1963 se inaugura el “Immaculata Hostel” como residencia estudiantil femenina. Aquí se le encomienda el servicio de portera y encargada de la limpieza. También el obispo de Taipei requiere el servicio de las Hermanas para atender su capilla y sacristía personal, oficio al que acude la H. Elvira dos veces por semana. Le encantaba ocuparse de las “cosas del Señor”, y con diligencia y perfección limpiaba y conservaba los objetos de culto, cosía albas, remendaba casullas, etc. Hasta que pudo se encargó de la capilla de la casa de Taipei en la que era imposible hallar mácula de polvo, especialmente en el sagrario donde moraba el Amor de sus amores.

Como portera de la residencia se ganó el cariño de las internas por su sencillez, bondad y trato cariñoso. H. Elvira fue durante muchos años la cara amable que recibía a todo el que cruzaba el umbral de la residencia. Aunque la residencia cerró años más tarde, antiguas residentes acudían a visitarla. En los primeros años se sucedieron un número notable de conversiones entre las estudiantes, y algunas de ellas también solicitaron el ingreso en la Congregación. Como dato: de un total de medio centenar de internas solía haber como mucho una docena de católicas.

“Yo los amo y ellos me aman”

Las Hijas de Jesús habían establecido la Congregación Mariana en la casa de Taipei y a ella pertenecían residentes y otras jóvenes católicas que frecuentaban a las Madres en sus apostolados. De las congregantes nació el deseo de prestar atención a los enfermos de la leprosería de Losheng, a unos doce km. de Taipei. De los alrededor de 1000 leprosos que había en 1962 solamente 5 eran católicos. Los protestantes y budistas venían trabajando en la leprosería desde hace años, mientras la presencia de la Iglesia allí era inexistente.

H. Elvira (izquierda) en los primeros
tiempos de la leprosería

Las Hijas de Jesús y las congregantes obtienen los permisos. Se les ofrece un cuartucho de madera y allí establecen la capilla (el 1 de septiembre de 1966 se inaugurará una nueva y hermosa capilla). Desde la casa de Taipei se llevan el altar, bancos y lo necesario para la primera Misa que se celebra el 31 de enero de 1964. A partir de ese día todos los leprosos y catecúmenos que van surgiendo pueden asistir a Misa dominical. En un primer momento son las MM. Ángeles de Dios y Asunción Garmendia quienes acuden a la leprosería con las congregantes. Todos los domingos van y después de la Misa imparten catecismo y acompañan a los leprosos alentándoles en su sufrimiento, escuchándoles, haciéndoles reir, queriéndolos...


La H. Elvira se levanta un domingo bien temprano para salvar la distancia entre la casa de Taipei y el leprosario. Esta vez va a acompañar ella a la Madre Ángeles de Dios. Lo primero que recuerda del primer día que entró en la leprosería es el fuerte olor nauseabundo que emanaba de las úlceras de los enfermos. Su rostro sin embargo no delata lo que sus sentidos advierten. H. Elvira se muestra sonriente y encantadora. Démonos cuenta de en qué condiciones se encontraba aquella leprosería a mediados de los años 60. Un millar de personas hacinadas en un fortín que de hospitalario a penas tenía el nombre, totalmente aislados e incomunicados por miedo al contagio. El miedo al contagio era entonces aterrador, a pesar de que la transmisión del bacilo de la lepra era prácticamente imposible para personas sanas, bien alimentadas y aseadas.


Aunque la experiencia le causó un fuerte impacto a la H. Elvira, ella comprendió que en aquel lugar se encontraba Cristo sufriente y ya nunca más dejó de acudir puntualmente todos los domingos, y más adelante también los miércoles y cuanto podía, durante más de 40 años. A sus cuarenta y pocos años encontró un campo de apostolado y servicio que llenaría lo más profundo de su ser. Solía decir que se encontraba contenta porque cumplían el mandamiento de Jesús: “Yo los amo y ellos me aman”. Poco a poco fue ganándose la confianza de los leprosos, entre lo que había también algunos niños. Y de mantener las manos bien escondidas en la esclavina, como era costumbre de aquella época, la H. Elvira pasó a hacer algo inaudito; una locura en aquel contexto. Se arremangó el hábito y comenzó a bañarlos, tocarlos y acariciarlos sin usar guantes ni mascarilla. Los enfermos se dieron cuenta que los amaba con un corazón puro y desinteresado, y la correspondieron de la misma manera. Aunque H. Elvira les hablaba de Dios, y les hacía saber que su amor hacia ellos era en verdad el amor del Corazón de Cristo que los amaba a través de ella, nunca procedió con un proselitismo radical. Los que pedían iniciar el catecumenado lo hacían por convicción personal, movidos por su ejemplo de palabras y obras que brotaban de un corazón enamorado de Jesús.

H. Elvira y el P. Luis Gutheinz SJ

Pero la H. Elvira no se contentaba con el estado actual de cosas, y durante las décadas sucesivas procuró mejorar la situación de la leprosería en busca de una mayor calidad de vida para los enfermos. Hay que mencionar la hermosa colaboración y trabajo conjunto que para tal fin hicieron católicos, protestantes y budistas juntos. En esta labor encontró un compañero de ideales, el P. Luis Gutheinz SJ, que a partir de 1975 se convirtió, como él decía, en fiel discípulo de la H. Elvira. El P. Luis era austríaco, y había sido también misionero en China antes de llegar a Taiwán. A partir de entonces se volcó en la leprosería de Taipei y en otros proyectos humanitarios en los últimos tiempos en la China continental.

Ángel de eterna sonrisa...

La H. Elvira, a la que ya llamaban el “ángel de la leprosería” o la “madre de los leprosos”, solía recibir donativos nominales y anónimos que ella destinaba íntegramente a sus enfermos, aunque en la indicación de algunos de ellos dijera: “Para que pueda volver a España de visita, pero con billete de vuelta a Taiwán”. En Navidades también organizaba tómbolas, actuaciones teatrales en la residencia universitaria, etc., y con lo recaudado tenían para procurar alimentos y medicación durante varios meses. Mucho cambió la situación de la leprosería desde que ella llegó; leprosería que al cabo de unos años fue reubicada en otro lugar pero con las mismas carencias por falta de fondos. Obviamente las poltíticas de sanidad hicieron que con el paso de los años la incidencia de la lepra fuera mermando.


La labor de la H. Elvira no era la recaudación de fondos para la construcción de grandes proyectos y cosas del estilo... su labor fundamental era el acompañamiento y la cercanía emocional y física para con los leprosos. Querían que ella curara sus úlceras, que los visitara en sus dormitorios, que los hablara... la mirada y sonrisa de aquella pequeña (en estatura) monja occidental los había cautivado. Había enfermos que ciegos sabían que H. Elvira había llegado a la leprosería: “H. Elvira está aquí, puedo olerla”. Percibían el aroma y la pureza de su alma, ya que otra cosa no podía ser, ya que H. Elvira no usaba de perfumes ni cosas superfluas, ni tan siquiera nunca dejó de llevar el hábito religioso, manteniéndose siempre fiel y constante en los principios que adquirió en su formación religiosa. Y por supuesto, aunque no hace falta decirlo, nunca abandonó su vida de oración, arraigada en la costumbre de estar junto al Señor en el sagrario dos horas al día, hasta que no pudo frecuentar la capilla al caer enferma.

Entrega del Premio a la Contribución Médica (2005)

Labor callada, escondida, abnegada, jalonada de alegrías y tristezas, la que H. Elvira realizó por más de 40 años y hasta que su salud se lo permitió. En 2005 recibió a sus 83 años el Premio a la Contribución Médica con el que el gobierno galardona a aquellas personas que se han significado por su aportación al mundo de la sanidad. Ella, que no era más que una fiel discípula de Jesús y que no había hecho mas que obedecer lo que Él nos mandó, recibía un premio médico en un contexto de profesionales y otras eminencias intelectuales del campo sanitario. Y sencilla y humilde, allí se presentó a recogerlo con su hábito, entre tantas galas, haciendo así visible la presencia de la Iglesia y de su entera Congregación. En su pensamiento tantas Hijas de Jesús anónimas y no galardonadas por este mundo, de las que H. Elvira había aprendido tanto y con las que compartía este premio. Su identidad de pertenencia a la Congregación y la conciencia de que el suyo no era un apostolado individual sino comunitario (con ella iba toda la Congregación) estuvo siempre muy presente en sus palabras cuando comentaba y hacía memoria de lo que había sido su vida religiosa.



La salud de la H. Elvira se resintió profundamente cuando le fue diagnosticado parkinson. El avance de la enfermedad, acompañada de una progresiva rigidez muscular que la fue encorvando y deformando, junto a un principio agresivo de demencia senil, la llevaron a un estado tal que sus Hermanas de comunidad solicitaron en 2011 la prestación de cuidados especiales a largo plazo. Se vió obligada a guardar cama de manera continua y a recibir atención constante para alimentarse, asearse, etc. Dichos cuidados médicos le fueron denegados por carecer de la nacionalidad china (de Taiwán- República de China) y ser ciudadana española. En esas condiciones no podía regresar a España, y tampoco lo hubiera querido, pues en Taiwán quería morir. El caso fue muy publicitado en los medios de comunicación social de Taipei y el país entero. Los amigos de la H. Elvira se encargaron de contar su historia de entrega a los leprosos que la sociedad había recluido lejos de ella, y de la paradoja injusta de que ahora a ella que necesitaba una atención médica especializada se le negaba por extranjera.


La presión social fue tal, con elecciones a punto de celebrarse, que el gobierno se vio en la obligación de dar marcha atrás y conceder a la H. Elvira los cuidados que requería. La comisionada del departamento de sanidad la visitó en noviembre de 2011 para anunciarle la concesión de esos derechos que asistían a cualquier ciudadano chino. Un paripé mediático con cámaras y periodistas para intentar salvar la imagen del gobierno. Sin embargo, el caso de H. Elvira destapó otros muchos más en la isla de misioneros entregados que, al final de sus vidas, o regresaban a su países de origen o debían pasar su últimos días de enfermedad gravando las economías de sus comunidades. A pesar de contribuir al bienestar común de Taiwán no tenían derecho a cuidados médicos de largo plazo por extranjeros. El ministro del Interior en comparecencia pública anunció entonces una medida enmarcada en el denominado Plan Mackay por el que se reconocía estos derechos médicos a los extranjeros que hubiesen contribuido al bienestar social, los servicios médicos, la religión, la educación y la cultura en Taiwán. Los mismos debían tener más de 65 años, haber vivido en Taiwán más de 20 años, residiendo más de 183 días cada año y con posesión de la residencia permanente.

Una niña que quería ser monja y jugar a monjas con muñecas


Concedidos estos derechos, la H. Elvira continuó guardando cama un año más hasta su muerte. La demencia senil se apoderó de ella y regresó a un estado de niñez. Hablaba de su madre, sobre que debía ir a visitarla porque estaría preocupada... A veces estaba lúcida, pero cada vez menos. Gran ilusión le hizo cuando le hicieron llegar una famosa muñeca vestida de Hija de Jesús. De las Hijas de Jesús, las “monjas”, y las oraciones no se olvidó nunca. Ya podía estar la gente hablando en su habitación que H. Elvira no se inmutaba, pero cuando oía a alguien recitar una oración su sostro se iluminaba y una gran sonrisa asomaba en sus labios. “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos”... y H. Elvira mantuvo toda su vida esta actitud cándida e infantil que asomó más aún en su último año de enfermedad. Pensemos que muchos enfermos dementes seniles se vuelven agresivos, violentos, etc., mientras que en H. Elvira brotó lo que ella era, un ángel, una niña que quería ser monja y esperaba el abrazo amoroso del Padre. H. Elvira se fundió con el Padre Celestial el 10 de diciembre de 2012 mientras dormía, dos días antes de su 90 cumpleaños.


A.M.D.G.

Fundación de las Hijas de Jesús en Taiwán (1953)



La fundación en Taiwán es consecuencia directa de la expulsión de las Hijas de Jesús de la China comunista. El P. Germán Alonso SJ, que había sido superior en la misión de Anking (China) y que compartió prisión con la Madre Carmen Sánchez, tras ser expulsado de China marchó a Taiwán (antigua Formosa). Desde allí escribe a las Hijas de Jesús que todavía quedaban en Shangai y les habla de la necesidad de misioneras en la isla. Al ser expulsadas de Shangai la Madre Ignacia Munita y compañeras, se trasladan a Hong Kong donde como manda la obediencia aguardarán un mes hasta que llegue el permiso de la Rvdma. Madre Soledad Larrañaga para fundar en Taiwán. Llegado el permiso, las Madres desembarcan en el puerto de Keelung el 2 de octubre de 1953. El 4 de octubre llegan a Chutung, que será su nuevo hogar.


Chutung (1953)

El 18 de octubre se inaugura con Misa solemne la pobre casita de las Hijas de Jesús. Junto a los Padres Jesuitas un sólo católico, huido del terror comunista de la China continental. El catolicismo era desconocido en esa zona de Taiwán. Solo la llegada de diversos Institutos Religiosos expulsados de China hará que la fe se vaya implantando poco a poco en aquellas tierras desconocedoras de Cristo. La primera herramienta de evangelización en un contexto así es la visivilidad externa de la fe. Los actos religiosos se celebran con el mayor esplendor posible y salen de las pequeñas capillas a las calles. Las Madres preparan hermosas carrozas, con niñas paganas vestidas de ángeles, procesiones con la imagen de la Inmaculada, música sagrada... La población curiosa asiste a estos actos y se va haciendo permeable la influencia misionera. Las Madres abren en la casita una guardería y un dispensario médico. También ayudan a los Jesuitas con la limpieza y arreglo de los ornamentos sagrados.

La nueva casa de los Jesuitas en Chutung

A comienzos de 1954 llegan a Chutung las Madres Ángeles de Dios, Benita Chen y Josefa Artola. Los Jesuitas concluyen su casa. Ya hay una torre sobre el cielo de Chuntung que indica la presencia de la Iglesia. Las Madres se trasladan a unas casas de alquiler enfrente de la de los Padres. Abren entonces una biblioteca, y la Madre Ángeles imparte clases de inglés y catecismo. De nuevo, como en China y Japón, M. Ángeles pone en marcha a los “Amiguitos de Jesús”. El resto de la comunidad comienza un programa de visitas casa por casa. En 1955 la Madre Ignacia Munita (Superiora) parte para Japón debido a la aparición de asma; debe buscar un clima mejor.


La guardería (Kinder), que comenzó con 100 niños, en pocos años alcanza la matrícula de 600, gracias a la labor de las Madres y en especial a la Madre Rosa Cancelo que llegó a ser condecorada por la administración por su dedicación a la enseñanza. A través del dispensario, muchos años gestionado por la Madre Bertha Bracher, la idea de un Dios Padre amoroso que vela por sus hijos va calando entre los que acuden a encontrar solución a sus males físicos. Se suceden las conversiones; también en el hospital de veteranos donde la comunidad acude los domingos a visitar y llevar consuelo a quienes se ven solos en el mundo e impedidos.

En 1957 la Madre General Soledad Larrañaga visita las comunidades de Taiwán

La falta de privacidad en las viviendas de alquiler obliga a las Madres a adquirir un terreno a la entrada de Chutung, hoy pleno centro. El día de San Ignacio de Loyola de 1961 se inaugura la nueva casa con clases, taller (de ornamentos sagrados, uniformes y juguetes) y noviciado. La comunidad se ve aumentada en los años previos con la llegada de las MM. María Josefa García, María Luisa Hu, Concepción Villar y Emérita Romero (en 1960). El nuevo colegio, llamado Sedes Sapientiae, inaugurado en septiembre de 1961, fue en parte obra del empeño apostólico de la M. Concepción Villar que pensaba a lo grande y a lo grande confiaba en la Providencia. Cada año la matrícula se veía engrosada y la presencia de alumnos católicos ya es una realidad gracias al trabajo de las Hermanas en los años anteriores. Precisamente una de las primeras bautizadas en Chutung fue la Madre Concepción Ho, que tras manifestar su deseo de ser Hija de Jesús fue enviada al noviciado de Japón. Ahora con la erección de noviciado en Chutung los velos blancos y las alegres recreaciones de las novicias comienzan a formar parte del paisaje. Se inaugura en marzo de 1964 con la Madre Carmen Otamendi como Maestra y cinco postulantes.

Taipei (1954)

La Madre General Soledad Larrañaga desea tener un colegio en Taipei donde puedan trabajar las Hermanas chinas que han terminado su formación en España. En agosto de 1954 se funda la casa con las MM. Ángeles de Dios, Benita Chen y la H. Elvira Valentín (del grupo de las expulsadas de Shangai). En la ciudad más grande de Taiwán solo había entonces otras dos comunidades religiosas femeninas. Las dificultades económicas y la inestabilidad política hacen por el momento imposible la construcción de un colegio. 

Novicia china formada en España
La Rvdma. M. Soledad Larrañaga cumplimenta al Señor Obispo (1957)

Las Hermanas chinas son enviadas entonces a Cebú (Filipinas). La comunidad de Taipei se encarga de la catequesis dominical de la parroquia de los Jesuitas. Los niños son hijos de familias humildes, principalmente de soldados, y son brutos e incívicos. Las Madres tienen que educarlos primero humanamente para luego depositar en ellos la semilla de la fe. A través del P. Rodríguez SJ, las Madres empiezan a recibir estudiantes universitarias a las que dan clases de inglés; también imparten español a profesores y militares. En marzo de 1957 se trasladan de casa y es entonces cuando el obispo les encarga la pastoral penitenciaria en la cárcel de mujeres. Todos los sábados por la tarde las Madres acuden a la prisión a impartir charlas y a conversar con las reclusas. Es también en 1957 cuando la Madre Ángeles de Dios comienza a trabajar como profesora de español en la Universidad Estatal de Taipei.


Dado que no había visos de abrir colegio, se piensa en fundar una residencia universitaria, ya que las Madres conocían bien el ambiente universitario y cultural de la ciudad. Se adquiere otra casa junto a la actual en 1959, y las dos son demolidas en 1963 para levantar el “Immaculata Hostel” para universitarias. Las MM. Carmen Palencia y Carmen Otamendi trabajan en los planos para que el edificio sea conforme a las necesidades de residencia y comunidad religiosa. Se inaugura el 7 de diciembre. Con los años, residentes se bautizan y hasta dos chicas piden el ingreso en la Congregación. En esta casa también se establecerá el juniorado. Actualmente la residencia como tal ha cesado su actividad.

Las MM. Concepción Villar y Carmen Otamendi reciben
de Juan XXIII el crucifijo de misioneras (1959)

Neihu (1965)

En 1965 las Hijas de Jesús pasan a hacerse cargo de un colegio de señoritas que había sido fundado por la Sra. Helen Chu en Neihu. El colegio padecía de una característica común a todos los colegios de influencia china: el ascensismo y la obsesión neurótica de tener el mejor expediente académico y ser el primero en todo, sacrificando la salud mental y física. Era por tanto un centro estrella en lo académico pero carente de valores humanos. Al llegar las Madres el colegio no tenía ni comedor. Las alumnas comían en sus pupitres entre clase y clase para no perder tiempo de estudio. Fundamentales en la humanización de este modelo “educativo” fueron las MM. Alicia Alpizar, Juana Ros, Edelmira Sánchez, Isabel Hu, Benita Chen... entre otras. Actualmente el colegio Da Ren de las Hijas de Jesús sigue su misión de educar en valores a la juventud femenina.


Fundación de las Hijas de Jesús en Italia (1952)


La primera comunidad de Hijas de Jesús en Roma

En septiembre de 1949, la Madre General Magdalena Inibarren envió a las primeras Hijas de Jesús a Roma para estudiar y preparar una nueva fundación en el corazón de la Iglesia. Las Madres enviadas a Roma vivían en una pensión regentada por religiosas italianas y acudían a clases para la obtención de diplomas de Escuela Materna y Maestría. En 1951 la Madre Magdalena visitó a estas religiosas y comenzó a gestionar la compra de una casa en la zona de Monte Mario (Via Lucilio), que tuvo la dicha de inaugurar en 1952. 

El Cardenal Masella bendice la capilla de la casa romana el 1 de noviembre de 1952

El 1 de noviembre de 1952 el Cardenal Aloisi Masella, Protector del Instituto, inauguraba la capilla de la nueva casa bajo la advocación Regina Pacis. En esta casa se abre una escuela materna y aquí se traslada la Curia Generalicia en 1956. Aquí también residirán las Hijas de Jesús que son enviadas a estudiar Teología en Roma por primera vez en la historia del Instituto. Españolas, brasileñas, chinas, filipinas... vivirán en estos años de formación en una comunidad internacional experimentando la universalidad de la Iglesia y de la propia congregación.

Las primeras alumnas que recibieron la Comunión
en el colegio (1952)
Diversas imágenes de la vida en el Instituto Regina Pacis

Se reubica entonces el Instituto Regina Pacis en una villa cercana en Via Cecilio Stazio nº 50. El curso 1955/56 inicia con la escuela materna y tres clases elementales. Las Madres colaboran en la parroquia de los PP. Jesuitas atendiendo la catequesis y la animación litúrgica. 

En 1957 S.S. Pío XII recibe a la Madre General y su Consejo:
Rvdma. Madre Soledad Larrañaga, Superiora General,
y a las RR. MM. Magdalena Inibarren (Vicaria General y Asistente de España), Gabriela Herrero
(Asistente de América), Encarnación Herrero (Asistente de Misiones),
Hilaria Aramendía (Secretaria General) y Carlota Urbistondo (Procuradora General)

En 1971 se amplía el colegio que ya tiene todos los cursos propios de una institución educativa. Aumenta el número de religiosas con aquellas que siguen siendo enviadas a Roma a estudiar Teología y las enviadas desde España. En 1974 se acepta como apostolado el trabajo con menores huérfanos y con dificultades familiares en Anzio. En 1977 se erige la Delegación de Italia con la Madre Marina Hervella como Delegada. En 1979 las Hijas de Jesús son llamadas para encagarse de la pastoral catequética y juvenil de la diócesis de Sessa Aurunca. Allí también impartirán clases de religión en un Instituto Superior. En 1981 se funda comunidad en Vairano Scalo enseñando religión en las escuelas del Estado. En 1987 surgen las primeras vocaciones italianas en Sessa Aurunca, y en 1989 se abre noviciado en Monte Spaccato (cerrado en 1992). En 1994 la comunidad de Vairano se traslada a Caivano para la atención pastoral en un ambiente degradado por el tráfico de drogas y la mafia.


Actualmente, y una vez cerrado el Instituto Regina Pacis, éste se ha reconvertido en la residencia universitaria femenina Domus Regina Pacis. La Curia Generalicia permanece en Roma en Vía San Giovanni della Croce nº 41 y la casa de Caivano sigue abierta.